Hola amig@s.
Hoy andamos un poco cansados como para ponernos a platicar sobre un tema en concreto, así que en unas cuantas líneas os contaremos cómo ha ido este fin de semana.
Ya queda poco para la vuelta. Parece mentira. Al comenzar pensábamos que todo un mes se iba a hacer incluso largo. Pero ya estamos en la última semana, pues el próximo jueves ya volvemos a Nairobi.
Este último fin de semana en Kakuma ha sido tranquilo, reposado, pero lleno de encuentros con distintos tipos de gente que hemos disfrutado mucho. El sábado por la mañana nos llevaron a la reunión mensual que NU y las otras agencias tienen con los líderes de las distintas nacionalidades y etnias. Resultó muy interesante porque pudimos ver cómo estos representantes de los refugiados exponían sus demandas o quejas. Esto nos dio oportunidad de conocer desde otra perspectiva las condiciones de vida del Campo y, al mismo tiempo, cómo es esa relación tan especial, y desigual, entre agencias humanitarias y refugiados. La reunión provocó en nosotros una reflexión, en este sentido, sobre la falta de capacidad de decisión, y por tanto dependencia, de los refugiados. Las agencias, con unos medios mermados en este momento debido a la crisis, administran todos los aspectos de la vida del Campo: salud, educación, alimentación, seguridad, estatus legal de los refugiados (reconocimiento del estatus de refugiado, repatriación, reasentamiento, etc.), vivienda, etc. Sus decisiones son tomadas en función de muchos factores, siendo el presupuesto de que disponen el más determinante de entre ellos. Las opiniones y peticiones de los refugiados son un factor más. En la reunión se les pide su opinión y colaboración. Se les escucha, pero sólo Dios hasta qué punto son realmente tenidas en cuenta esas aportaciones. Nuestra impresión como observadores externos fue que los líderes comunitarios eran el medio más efectivo de transmisión de la información oficial al resto de los refugiados.
Por la noche hubo fiesta. Dos médicos se despedían de sus compañeros después de un tiempo en Kakuma. Todas las agencias humanitarias fueron invitadas. Consiguientemente, nos acoplamos. Hubo comida (cabra, ¡cómo no!), bebida (sodas = Coca Cola, Fanta, etc.) y música. Al principio parecía todo un poco parado. Pero después de los discursitos de rigor empezó el bailoteo. Y en eso los africanos son campeones olímpicos. Todos allí se movían con una agilidad y un ritmo natural pasmosos. Gordos y flacos, bajos y altos, hombres y mujeres: todos nos hicimos uno en una rueda (algo parecido a nuestro trenecito de bodas) que se movía lentamente, pero con compás decidido. Después de una media hora de ritmos más bien tribales, llegó la pachangada. Aunque ya habíamos participado en la primera etapa, en esta nos soltamos la melena. Bailamos con salero y desparpajo. Notamos que un nutrido grupo de africanos nos observaba y señalaba. Pero nosotros, como si nada. Seguimos meneando el esqueleto bajo el estrellado firmamento africano. Momento memorable del que no quedó constancia gráfica, por lo que tendréis que fiaros de nuestra crónica. Aunque nosotros nos retiramos a una prudente hora, la música continuó hasta después del amanecer.

Baile africano durante la misa
Esta mañana nos levantamos pronto para ir a misa. A diferencia de las otras veces, no fuimos a la iglesia parroquial del pueblo, sino a una pequeña capilla dentro del Campo hasta donde un salesiano se desplaza para celebrar la eucaristía. El paseo matutino fue interesante: normalmente vamos al Campo en el coche del JRS, pero esta vez lo hicimos a pie. Cuando llegamos a la capilla de St. Stephen nos dimos cuenta de que todo era aún mucho más sencillo que en el pueblo. Eso sí, la gente, de punta en blanco (dentro de sus posibilidades), aunque también los había harapientos. A esa capilla acuden gentes de distintas nacionalidades, y en alguna ocasión se ha dado una cierta tirantez. La lectura de San Pablo de hoy hablaba, precisamente, de la unidad. Y el cura lo aprovechó. Nos tocó, porque nosotros mismos estábamos en esa unidad. Con ellos y con todos los cristianos del mundo nos sentimos uno. Pero el hecho de estar con estos hermanos, de los más pobres, nos hizo experimentar la necesidad de compartir con ellos, como ellos compartían con nosotros. El evangelio nos hablaba precisamente del milagro de la multiplicación de los panes y los peces, realidad cotidiana en Kakuma, donde la gente vive casi de lo que no hay. Hacia el final de la misa se anunció la recaudación de la semana anterior. A la cifra siguió una ovación como si se hubiese batido un récord. Consiguieron recaudar 400 chelines keniatas: ¡4 EUROS! Sentimos una mezcla de vértigo, por la diferencia con nuestra realidad, y vergüenza. 4 Euros entre los refugiados equivalen a las dos moneditas que la viuda del evangelio echó en la ofrenda del templo y que Jesús alabó. Damos, si damos, de lo que nos sobra. Ellos dan con gran esfuerzo.

Momento de la celebración etíope
Por la tarde decidimos asistir a una celebración etíope, siguiendo una fortuíta invitación que nos hicieron hace un par de días. Siendo cristianos ortodoxos de rito copto sentíamos una gran curiosidad por saber cómo era su liturgia. Hoy celebraban la fiesta del patrón que da nombre a su iglesia (San Gabriel), por lo que tuvo lugar una oración especial, con bailes y todo. El bonito templo, recién terminado, fue financiado por la misma comunidad etíope, en su mayoría refugiados. Nos lo enseñaron con orgullo y cariño. Para entrar tuvimos que descalzarnos, entrar por puertas separadas (hombres y mujeres) y Teresa tuvo que ponerse un pañuelo en la cabeza (que le sentaba divinamente).

Entre las mujeres etíopes
La celebración fue muy dinámica y su acogida, entrañable. A la salida nos invitaban a comer enjera, su plato más típico, pero no pudimos quedarnos.
Aunque nos pasaron más cosas, lo vamos a dejar ahí. Ahora pasamos al acertijo suajili de ayer: Kumbe, huyu ni mtoto anayependeza! significa ¡Qué niño más guapo! ¡Y no nos digáis, después de ver las fotos de ayer, que no era cierto!

"Si no os hacéis como niños..."
El tema de hoy da pie al acertijo que ahora os proponemos: Wewe una dini gani? Ahí queda eso para el que se atreva. ¡Animaos!
Un saludo muy afectuoso,
Tere y Nacho





































